
* Ponencia presentada en la Convención Anual de la Modern Language Association (MLA), New Orleans, 9-12 de enero de 2025.
En varios de los testimonios y entrevistas que ofreciera Antonio Benítez Rojo, de un modo u otro siempre menciona cómo su indagación histórica a partir de El mar de las lentejas, la obra inicial de la trilogía caribeña del autor, se debió a la necesidad de explicarse el curso de la Revolución Cubana y su impacto en el espacio público y privado del individuo:
Cuando ciertas personas pasan por procesos históricos violentos como es una revolución (y esa novela yo la escribí en Cuba), uno adquiere una sensibilidad hacia la historia que no tenía antes. Esa misma sensibilidad hacia la historia lo hace a uno ir hacia ella a buscar razones que legitimen lo que está ocurriendo en este momento. Yo tenía que ir hacia atrás para ver si todo esto realmente tenía legitimidad, si la historia me indicaba que mi participación en la Revolución cubana debía ser pasiva, activa o neutral. Además de eso, las revoluciones siempre lo hacen pensar a uno en la identidad de uno. Por otra parte, yo, en ese momento, estaba en total conflicto con la Revolución cubana. Eso hay que tomarlo en cuenta. (Cuervo y Bost 12)
A mi entender, Benítez Rojo halla en la historia una especie de extrañamiento similar al que habitualmente se le ha atribuido a la narrativa especulativa –a menudo tildada de escapista y burguesa– para explicarse la realidad desde una posición distanciada y reflexiva. No es fortuito que el autor se desplazara del género fantástico a la narrativa histórica justo en la década del setenta, periodo conocido eufemísticamente como el “Quinquenio Gris” de la cultura cubana, donde, sin existir una preceptiva oficial, sí debían primar los temas épicos y el tono apologético con respecto a las glorias del proceso revolucionario. El giro hacia la ficción histórica le facilitó desprenderse del realismo socialista sin ser cuestionado al acudir a las revaloraciones de la historiografía que venían ocurriendo en la década del setenta en los principales focos intelectuales de la izquierda. Además, estaba en consonancia con su labor profesional en el Centro de Estudios del Caribe de la Casa de las Américas, donde Cuba era analizada asimismo en el contexto regional; de modo que la temática caribeña devino una plataforma idónea para hablar oblicuamente de la realidad nacional y personal.
En una primera lectura de El mar de las lentejas, se percibe cómo los hechos están presentados para crear determinada catarsis ideológica, de acuerdo con los lineamientos de descolonización aceptados en casi toda América Latina desde las independencias y llevados a extremos dogmáticos por la Revolución cubana. No en vano la publicación de la novela coincide con el auge de la llamada “nueva” novela histórica en todo el continente, con su procurado ánimo de revalorar el pasado colonial y poscolonial, sus vacíos y falseamientos por parte de los tradicionales centros hegemónicos de la cultura.
Si bien una de las características de la novela histórica ha sido su capacidad para debatir de una manera diferida el presente del autor en relación con su modelo del mundo, en el caso de El mar de las lentejas Benítez Rojo alegoriza las contradicciones de la Revolución y sus propias circunstancias personales y necesidades escriturales ficcionalizando el proceso de “descubrimiento”, primera conquista y colonización del Caribe, periodo signado por la utopía y la emergencia de la otredad como categoría epistémica, cuando Cuba no ocupaba todavía una posición notable en el área. Es así que la isla apenas se menciona en toda la narración, pero varios de los hechos históricos y ficticios que se articulan al interior del argumento establecen parábolas más o menos sutiles con las reformulaciones ideológicas, éticas y estéticas del nuevo régimen. Por ejemplo, es posible establecer una analogía entre Felipe II y Fidel Castro, Pedro Menéndez de Avilés y Ernesto Guevara, o entre el personaje ficticio de clase baja Antón Baptista y las desviaciones del concepto biopolítico de “hombre nuevo” a partir del Periodo Especial en los años 90.
Esta táctica para evadir el acérrimo control ideológico de la producción cultural no fue aislada, toda vez que numerosos creadores de otras manifestaciones artísticas encontraron en el relato histórico un resquicio para ventilar algunos de los irresueltos problemas del pasado colonial y republicano en la Revolución sin ser juzgados; de ahí la preeminencia de la alegoría en muchas de esas obras. Recuérdese, por ejemplo, cómo los cineastas también tuvieron que remitirse, después de 1959, a la época de la esclavitud para tematizar la cuestión racial (Tomás Gutiérrez Alea, Sergio Giral, Humberto Solás, con la excepción de Sara Gómez, cuyos documentales y su único largometraje no fueron muy bien recibidos por la oficialidad). No es casual que Benítez Rojo haya colaborado con Gutiérrez Alea, basándose en su emblemático cuento fantástico “Estatuas sepultadas”, en la escritura del guión de Los sobrevivientes (1978), donde hay una evidente parabolización de no pocos fenómenos surgidos a lo largo de los primeros veinte años del periodo revolucionario, a partir del tópico de la degeneración de la burguesía como clase social en Cuba.
Una vez en el exilio estadounidense, al calor de la lectura de Hayden White, Michel Foucault y los teóricos del neohistoricismo que replantearon las tesis historiográficas predominantes hasta la década del setenta, Benítez Rojo se orientó al ensayo a partir de los ochenta. De ahí la aparición de La isla que se repite, uno de los estudios culturales sobre el Caribe más influyentes de las últimas décadas. Aquí parte de la llamada teoría del Caos, relacionada con otras disciplinas como la geometría fractal y el pensamiento complejo, la cual sustenta la noción del Caribe como un meta-archipiélago que carece de límites y de centro al replantear cada vez su propia cartografía cultural en un flujo continuo de sus elementos, cuyas relaciones se reiteran a diferentes escalas “de cierta manera”, pero siempre nueva e imprevisible en negación de los principios de la lógica lineal.
Al remitirse al pasado colonial del Caribe, a la par de mostrar los resortes afectivos de las relaciones económicas, políticas, religiosas, militares y de la vida cotidiana en la cimentación de las sociedades caribeñas, el autor patentiza su realidad emocional con respecto a la prohibición de viajar al extranjero, luego de que su esposa e hija hubieran emigrado a EE. UU., y alegoriza sus desacuerdos con el nuevo sistema sociopolítico en la medida en que integra el castrismo a la serie de fracasos utópicos de la región, como otro de los tropos que se repiten. La historia y su ficcionalización también devienen, así pues, una zona de fuga y de reflexión crítica, tanto política como personal, en torno a los silenciamientos sistémicos de viejas y nuevas voces (coloniales, poscoloniales, revolucionarias). La plasmación de dicha afectividad en el relato se logra, sobre todo, a través de la puesta en escena de las pasiones que informan la escritura histórica misma, pero enmascaradas bajo el apabullante despliegue neobarroco de su prosa.
Al releer la versión final de su novela, Benítez Rojo comprendió que había manipulado el corpus documental de la misma manera en que los cronistas de Indias habían desvirtuado el “descubrimiento” y la conquista. Además, cuando leyó las novelas históricas de otros autores latinoamericanos, percibió la misma voluntad correctiva y legitimadora de la historia “verdadera”, adjetivo que muchos cronistas solían incluir en sus títulos. El autor llega a reconocer después sus propias complejidades emocionales solapadas en El mar de las lentejas, dándoles un contexto histórico (la Revolución) y personal (la distancia de su familia y sus ambiciones literarias):
[El mar de las lentejas] es un texto manipulado por mis deseos de irme de Cuba y de muchas cosas, por mis recuerdos. Yo no estaba haciendo la historia del Caribe ni de Felipe II, yo estaba manipulando esa historia de acuerdo con intereses que podían ser más conscientes o menos conscientes en mí (Cuervo y Bost 22)
La ficción no demostraba, de suyo, ser diferente del discurso histórico tradicional, como diría Hayden White. Conseguir con la literatura lo que la historiografía no había conseguido era sencillamente una utopía que se le resquebrajó como la Revolución Cubana; o mejor dicho, el fracaso teleológico de la ficción histórica le vino a ratificar o a probar el fracaso gradual de la utopía revolucionaria también en términos de la (re)escritura de la memoria, toda vez que el nuevo discurso oficial manipulaba la historia de Cuba a su conveniencia (con nuevos silenciamientos, tergiversaciones, simulacros, demagogias, tiranías).
El curso que había seguido la Revolución en los años setenta hizo a muchos cuestionar la dialéctica del materialismo histórico y, en última instancia, el sentido lineal del progreso que la modernidad capitalista defendía en las antípodas. Con la ficcionalización de la historia del Caribe, Benítez Rojo intentaba disipar ese conflicto interno con el proceso revolucionario, que prometía un estadio superior de la sociedad, pero que, si bien trajo consigo importantes avances sociales, no resolvió varios de los problemas del patrón caribeño y creó otros hasta llegar al anquilosamiento post-soviético aún vigente.
La “repetición” del fragmento como totalidad ya estaba gestándose desde El mar de las lentejas, idea no muy lejana –dicho sea de paso– del enfoque “systadial” que Franklin Knight había aplicado en su comprensión del Caribe un año antes de la publicación de la novela. Por ello Benítez Rojo impugna el pretendido excepcionalismo revolucionario cubano agazapándose en una especie de alegoría neobarroca (a lo Carpentier: enumerar ese universo dinámico para intentar apoderarse de él, un intento de captar las diferentes medidas de su fractalidad, pero también para encubrir otras intenciones políticas). Este aspecto no del todo estudiado lo menciona Julia Cuervo de modo incidental: “[El mar de las lentejas] es una crónica, alegorizada con su propia historia, de un presente implícito que el texto ingeniosamente calla” (461). El paralelismo entre los respectivos discursos del poder en el siglo XVI y el XX se produce en buena medida porque el autor cubano autonomiza el sustrato afectivo común en que se nutren las relaciones políticas, incluida la emocionalidad del discurso que las legitima, más allá de sus coordenadas histórico-concretas. De hecho, la novela deconstruye esa “inexplicable pasión de historia” (474) que, según Cuervo, ha signado al escritor latinoamericano en el siglo XX y posiblemente sea este uno de los aportes esenciales de Benítez Rojo al nuevo auge del género de marras.
Por su parte, Carlos Schwalb se cuestiona con razón: “¿[Q]ué significa esta falta de fe a la luz de la experiencia de la revolución cubana del escritor?, ¿qué significa ésta en el contexto de la cultura posmoderna o del Caribe actual?” (123). Y a continuación sentencia: “Las ideologías religiosas o políticas son máscaras que ocultan el insaciable apetito de poder o la megalomanía de los seres humanos” (123); y el castrismo y otras variantes de la izquierda no han sido la excepción, parece decirnos Benítez Rojo. Así lo corrobora el propio autor cuando le preguntan sobre la frustración de los personajes novelescos en su lucha contra la historia: “Yo más bien lo veo no tanto como una frustración sino como una derrota inevitable que al mismo tiempo se aplicaba a mi percepción de la Revolución cubana” (Cuervo y Bost 19-20), un evento, en el sentido de “nuevas posibilidades” de Badiou, que ya iba dictando su fracaso como movimiento «anti-histórico».
Para Elzbieta Sklodowska, la novela de Benítez Rojo se opone al testimonio como el género canonizado en la Revolución y diseminado por el resto del continente como la forma “auténtica” de recuperar la memoria. Con Biografía de un cimarrón, Barnet seguía un discurso lineal, cerrado y prescindía de las marcas enunciativas en su narración; mientras Benítez Rojo apostaba por un discurso fragmentado, abierto y visibilizaba los modi operandi de la escritura.
Por otra parte, como bien acota el propio Benítez Rojo, se trata de una obra que “ofrece una manera de leer el Caribe de una forma distinta al clásico discurso antiesclavista, antioccidental, partiendo de que la base cultural del Caribe, la cultura del Caribe, es subversiva (antiplantadora). Pero también es el discurso de la plantación” (Cuervo y Bost 16). Ya en la novela está in nuce una de las ideas fundamentales de La isla que se repite toda vez que incluye, problematizándolo, el arquetípico discurso latinoamericano post-independentista, cuyo desgaste no vino ser evidente hasta después de los eufóricos debates en torno al aniversario quinientos del “descubrimiento” en 1992. Sin negar la responsabilidad europea de la colonización y sus atrocidades, Benítez Rojo advierte tempranamente la insuficiencia del discurso antioccidental para explicarse la situación del continente y los riesgos de la alternativa revolucionaria.
El autor cubano muestra la complejidad estructural de la memoria al enfatizar su carácter imprevisible, incompleto, caótico, afectivo, de modo que pone en solfa la pretendida autenticidad del testimonio. Dicho de otro modo, Benítez Rojo destila una angustia por la insuficiencia del lenguaje para captar la realidad histórica y, en consecuencia, un “asco” como causa y efecto de la escritura. De ahí que, a mi juicio, Benítez Rojo usa convenientemente el “asco” como economía emocional entonces predominante en relación con las prácticas colonizadoras y sus secuelas, y lo desplaza del plano del enunciado al plano de la enunciación. O mejor, establece una dialéctica del asco entre el contenido y la forma para plasmar, enmarañándolas, sus decepciones políticas y frustraciones escriturales y familiares. De este modo desmantela no sólo la epicidad de las crónicas de Indias, sino también por extensión la del realismo socialista cubano entonces en boga, coqueteando con la actitud más que irreverente de Reinaldo Arenas en El mundo alucinante, donde predomina igualmente un tono desmitificador y transnacional de la historia.
Asimismo, al referenciar ampliamente la degeneración de la utopía del “descubrimiento”, el escritor advierte la degeneración de la utopía de la Revolución. Cuando en 1980 huye hacia Estados Unidos, sobrevienen los sucesos de la embajada del Perú en La Habana, con el subsiguiente éxodo masivo del Mariel. A su llegada al exilio, el autor canalizó la angustia de la historia haciendo suya la divisa martiana “Hay que crear”, o sea, ir más allá de la ideología y de las relaciones de poder para liberarse de sus tiranías, sean de la catadura que sean. Al llegar a la conclusión de que, en última instancia, la historia siempre vence al individuo, Benítez Rojo equipara esta con la muerte, en diálogo implícito con la noción conservadora del fin de las ideologías de Fukuyama: “Para mí la historia es la muerte y la disolución de la historia es la disolución de la muerte” (Cuervo y Bost 19).
Por lo que es insoslayable una lectura alegórica de El mar de las lentejas en el contexto anterior y posterior a su publicación. Esta clave de interpretación es admisible en gran medida porque la obra (re)construye los principales tropos históricos que se repiten en mayor o menor medida desde el siglo XVI bajo diferentes rostros y máscaras, a partir de un conjunto más o menos invariable de los mismos afectos. Entonces no son los hechos en sí los que se repiten, sino esas potencias afectivas cuyos puntos de bifurcación y realización varían según interactúen las intensidades del cuerpo y las peripecias de la historia.