Mr. Nobody contra Putin: guerra, adoctrinamiento y resistencia democrática

Un hombre aparece en primer plano y luego se aleja caminando con una pala y una linterna en las manos, en medio de la noche, rodeado de edificios de la era soviética. La secuencia, un lugar común en las películas policíacas o de terror, resulta ambigua en su articulación audiovisual. Mientras avanza cabizbajo, se escucha la voz de una mujer que lo llama para concretar su salida del país mediante una serie de instrucciones: antes de cruzar la frontera, P. debe borrar la aplicación de mensajería segura que ha utilizado con ella y tener cuidado con el material fílmico que lleva guardado en dispositivos portátiles. Si no fuera por la sinopsis previamente divulgada, la escena inicial de Mr. Nobody contra Putin, nominada este año al Óscar en la categoría de mejor documental, parecería el inicio de la historia de un crimen. Y no es para menos en un país como Rusia, donde cualquier crítica u oposición al régimen ultraconservador y autoritario de Vladímir Putin constituye un delito que puede pagarse con la cárcel o incluso con la muerte.

Narrado en primera persona, el documental dirigido por el cineasta estadounidense David Borenstein y el maestro de escuela ruso Pável Talankin —a su vez protagonista— es un estudio de caso del intenso adoctrinamiento guerrerista al que son sometidos los ciudadanos rusos, especialmente los niños y los jóvenes en las escuelas.

El origen de la película fue más bien incidental, toda vez que Pasha —hipocorístico de Pável, el P. al que aludía la mujer de la llamada inicial— fungía como coordinador y videógrafo de los eventos culturales de la Escuela Primaria No. 1 de Karabash, un pueblo minero situado en los Montes Urales. Tras la invasión a gran escala de Ucrania en febrero de 2022 y ante la certeza de que la “operación militar especial” no se llevaría a cabo en cuestión de días, como se pensaba, el gobierno ruso dispuso una nueva política patriótica de carácter federal para todo el sistema de educación preuniversitaria. Con ella ordenaba una serie de actividades escolares dirigidas a justificar la guerra anexionista mediante la manipulación de la historia imperial rusa, la tergiversación del nacionalismo ucraniano, la apropiación de la victoria soviética sobre el fascismo y una retórica hostil contra el mundo occidental.

La filmación sistemática de dichas actividades formaba parte de las obligaciones de Pasha, ya que el gobierno exigía, además, pruebas audiovisuales del cumplimiento de lo estipulado, las cuales debían subirse a las bases de datos del Estado. Al mismo tiempo, esta responsabilidad devino una coartada perfecta para documentar de primera mano la propaganda en suelo ruso, así como las frustraciones y esperanzas de una generación impotente frente al retorno del autoritarismo en el siglo XXI y a las tendencias fascistas de Putin en sus empeños neoimperiales y su cruzada contra la “decadencia occidental”. Gracias al extrañamiento propio de la cámara —esa mirada distanciada de la realidad—, Pasha pronto advirtió que, además de cumplir las órdenes de “arriba”, comenzaba a conformar un archivo tanto de la propaganda putinista como de los cotidianos actos de resistencia democrática.

El ritmo narrativo es lento, reflexivo y sincero, pero sin desbordes emocionales. El foco gira en torno a una mentalidad belicista que se remonta a la época imperial y que se transfiguró tras la Revolución de 1917. Rusia ha acaparado el legado de la victoria soviética en la Segunda Guerra Mundial y, por extensión, la razón de Estado estalinista para proyectar en Ucrania sus propias pulsiones fascistas.

Un retrato de Putin preside una de las aulas filmadas. El profesor de historia, Pável Abdulmanov, con rasgos fisonómicos que sugieren la ascendencia de alguno de los pueblos rusificados durante el imperio y la URSS, expone sus referentes históricos: Lavrenti Beria, Víktor Abakúmov y Pável Sudoplatov, todos vinculados a los servicios soviéticos de inteligencia y represión. El propio Abdulmanov se encarga de escanear a cada alumno que entra en la escuela en busca de objetos metálicos, como en los aeropuertos. Posteriormente es recompensado con un apartamento nuevo, práctica de estimulación material típica del comunismo soviético para asegurar lealtades y sumisiones.

Se alternan fragmentos de discursos de Putin con la tarea explícita de eliminar cualquier perspectiva disidente. Algunos (ex)alumnos de Pasha, como Vanya y Masha, hablan de sus miedos y de la ausencia de perspectivas reales de futuro. El primero es reclutado para la guerra; el hermano de la segunda muere en el frente. Las familias se fragmentan. En una escena completamente en negro solo se escucha a la madre de Artyom, amigo de la infancia de Pasha, llorando y lamentando amargamente la muerte de su hijo. La muerte se glorifica a priori; la guerra se presenta como ultima ratio regum.

Niños y adolescentes marchan, recitan poemas patrióticos, practican con armas reales, participan en competencias de lanzamiento de granadas, escriben cartas a los soldados en Ucrania, reciben la visita de mercenarios del grupo Wagner y escuchan historias de su lucha épica contra el “mal”. Esto quizá explique, en buena medida, la insistencia en la “educación” de las nuevas generaciones: “Los comandantes no ganan las guerras; los maestros ganan las guerras”, sentencia Putin en la televisión. La guerra es concebida como un proceso de crecimiento hacia la hombría. La madre de Pasha, bibliotecaria de la escuela, ilustra el calado de esta mentalidad belicista: la guerra es el lugar “natural” de los hombres jóvenes.

A la ley contra la propaganda homosexual de 2013 —promulgada con “el propósito de proteger a los niños de la información que aboga por la negación de los valores familiares tradicionales”— se sumó en 2022 el Movimiento de los Primeros, una iniciativa juvenil destinada a organizar actividades recreativas y educativas para niños, “incluida la formación de su cosmovisión sobre la base de los valores espirituales y morales tradicionales rusos”. Ya en la posguerra se había establecido el Día Internacional de la Infancia, el 1 de junio, para recordar y amparar a los niños huérfanos o sin hogar, efeméride que se ha recuperado con particular fuerza en los últimos años.

En este contexto de propaganda omnipresente, Pasha crea un pequeño “espacio democrático” en su oficina para que los estudiantes inconformes canalicen sus sentimientos. Se los ve en varias fiestas caseras donde comparten miedos y aspiraciones entre risas, bebidas y cigarrillos, afianzando lazos de amistad profunda y creando un sentido de comunidad en medio de un ambiente hostil. Desde el punto de vista cinematográfico, el énfasis en el espacio del pueblo resulta significativo: las montañas negras de la polución y la explotación minera metaforizan la toxicidad de la atmósfera social que respiran sus habitantes. La alternancia de las estaciones refuerza asimismo la abulia existencial de individuos atrapados en las trampas epistemológicas del autoritarismo y del militarismo como télos permanente.

Las palabras de apertura que Pasha pronuncia en el acto de graduación contrastan semánticamente con el designio de muerte impuesto por el régimen ruso: propone, en su lugar, la posibilidad de vida de la cual han sido privados. La escena final cobra sentido cuando la estructura circular se cierra y el espectador comprende qué hacía Pasha con una pala y una linterna en la oscuridad de la vegetación. Al advertir la presencia policial en los bajos de su edificio, percibe que ha llegado la hora de partir.

Este Don Nadie, junto a otros anónimos de la Rusia metropolitana y profunda, nos habla de la fuerza de la resistencia individual y comunitaria, por pequeña que sea. Colocar cintas en forma de cruz en las ventanas —símbolo de apoyo a los refugiados ucranianos en oposición a la Z de tintes fascistas de la ofensiva rusa— o proyectar por el altavoz el himno de la “bandera tachonada de estrellas”, cantado por Lady Gaga, son actos de disidencia cotidiana que trazan movimientos de fuga y retorno. El documental se erige en uno de los testimonios más urgentes sobre la Rusia contemporánea y sobre el poder político de la educación y la memoria.

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